La historia de Jaime

Jaime era un crío, que veraneaba en Cantabria todos los años.

Lo tenía fácil, iba allí siempre porque sus padres tenían una casita familiar. De esas casitas de piedra, con tejado acabado en pico, con maderita por dentro. De esas casitas ubicadas junto a la costa. ¡Pues esas! 

Un día en el veraneo de Jaime era el siguiente:

Se levantaba por la mañana, salía de su habitación, escaleras abajo, dirección a la cocina. Allí le esperaba su madre con el desayuno en la mesita de madera, con mantel de cuadros.

Comía su tazón de cereales con leche, frente al televisor.  

E ingería ese conglomerado de azúcar y leche, mientras veía los dibujos japoneses de entonces. A la par que veía la tele, se escuchaba como trituraba los crispies. 

La mamá de Jaime era una señora de la casa, con su delantal puesto por todo el día.

El papá de Jaime era un señor, de talante serio, con bigote, muy atareado, directivo de una gran empresa. Aún estando de vacaciones, él nunca lo estaba. Siempre con sus cosas.

Ordenador y montañas de carpetas inundaban su oficina. La oficina que había creado en la casa familiar de veraneo. ¡Dónde se supone que iban a descansar! 

Jaime no cesaba en su empeño. Todos los días, según terminaba el desayuno…

Salía de la cocina y escaleras arriba, se presentaba en la oficina de su padre.

Jaime: Hola papá.

Padre: Hola hijo (se escuchaba una voz de fondo, ya que la montaña de carpetas no dejaba ver la figura del padre).

Jaime: ¿vienes a la playa?

Padre: No puedo hijo, sabes que tengo mucho trabajo.

Jaime: Vale, papá. (Mientras se alejaba, con la cabeza gacha).

La madre de Jaime le preparaba la mochila. Y éste se iba a la playa, con su vecina, que tenía dos hijos  de edad aproximada a la de Jaime.

La vecina era una señora, con cara de mala leche, resabiada, al igual que sus hijos, muy repelente. Jaime no los soportaba. Pero callaba.

Mientras, la mamá de Jaime se quedaba haciendo la comida y recogiendo la casa. Ella tampoco iba nunca a la playa.

Jaime odiaba con toda su alma las vacaciones en Cantabria. Contaba los días para volver a su casa.

 Para él, era una rutina diaria. Todos los días  ocurría lo mismo, sin el más mínimo cambio.

Nunca pasada nada interesante.

Siempre iban a la misma playa rocosa. La más cercana de la casa de verano.

El oleaje no permitía ni un baño. Las piedras se clavaban en la planta de los pies.

 Solo el hecho de llegar hasta ella, se hacia un calvario.

Pero era la que había. ¡Lo más cómoda! NO había que esforzarse en buscar más.  Solo había que bajar un camino. ¡Pero qué camino!

El verano de la infancia de Jaime era una auténtica pesadilla.

Un día Jaime, se levantó como cualquier día. Pero no se encontraba bien, se sentía algo enfadado, tenía un mal día. 

Estaba comiendo con sus padres. Jaime estaba reactivo, contestón, pero sin decir nada concreto. No era normal en él, un chico tímido e introvertido. 

Su padre se dirigió a él  y le dijo con un tono serio pero de complicidad…

 «alegra esa cara, estás de vacaciones, no tienes motivo para estar serio, la mayoría de los niños no tienen la suerte que tienes tú» 

Ante estas palabras, Jaime, noto un nudo en la garganta, tragó y le bajó algo al estómago, la sensación era desagradable, algo hervía dentro de él.

Seguidamente reaccionó, como un volcán, a las palabras de su padre.  Le dijo algo que salía desde muy adentro. Palabras impulsadas por una rabia e ira incontrolable…

“No quiero estar aquí”

“No  quiero comer con vosotros”

“No  quiero vivir con vosotros”

 «Os odio» 

Los padres no daban crédito a los que estaban presenciando.

Jaime salió corriendo hacia la puerta, corrió y corrió…

Se alejó de la casa. Cada vez más.

El impulso le llevó hacia una dirección diferente, poco habitual. 

Su cara enrojecida, sus ojos húmedos, que escupían lágrimas, las cuales iban quedando atrás en la carrera.

Jaime corría por un bosque verde, esquivando árboles.

Saltando ramas, que rozaban en sus piernas.

Escuchando a los pájaros, que cantaban cada vez más alto y con más intensidad. Parecía que acompañaban al ritmo de su intensa huída. Porque era una huída. Evitando el dolor, ese dolor interno, que había explotado como una olla exprés.

Jaime se tropezó con una rama y cayó al suelo. Se quedó unos segundos sin aire. Parecía no reaccionar. Quedó algo inconsciente.

El golpe le había magullado la cara. Sus manos estaban totalmente peladas y ensangrentadas.

Sentía que no podía respirar. 

Estuvo durante unos momentos fuera de sí, desubicado.

Notó como alguien le cogía de los hombros y le ayudaba a levantarse. Dirigió su mirada, algo aturdido y vio una silueta borrosa. Hasta que identificó el rostro de su padre.   

Se miró las manos, se tocó la cara. Las gotas de sangre golpeaban el suelo. Pero ya podía respirar.

Levantó la cabeza, miró hacia adelante. El bosque había llegado a su fin.

 Solamente se veía cielo.

 Algo muy azul inundaba sus ojos. Miró a su padre, que tenía la misma luz en los suyos. La forma del bigote parecía sonreír.  

Caminaron juntos unos metros y llegaron a un acantilado. 

Al asomar sus miradas. Un brote de energía recorría su cuerpo. Pudo notar como algo también  cambio en su padre. 

No daba crédito a lo que veían sus ojos.

Una playa de arena fina.

El mar totalmente cristalino.

Y grupos de niños y de familias ocupaban parte del paraíso.

 Paisaje colorido, a la vez que elegante. Lleno de luz.

 Adornaba con gusto aquella cala. Las cigüeñas recorrían el horizonte. Haciendo dibujos en el sol radiante.

El paraíso había llegado a Jaime.

 Bueno, más bien Jaime había llegado al paraíso…

Para ello tuvo que sufrir, gritar, huir, correr hacia ningún sitio, sentir la soledad, el miedo, caer,  sangrar, dejar de respirar…

Para poder levantarse y poder contemplar que todo el esfuerzo le había llevado a otro lugar. ¡Qué antes no existía! Porque lo que no ves, no existe.

Ahora la vida se lo había puesto cerca. Pero tuvo que moverse. Esa fue la clave. 

¡Qué importancia tiene la acción!

¡Qué buenos son los resultados!

Su vida nunca volvió a ser la misma.

 Pero no solo Jaime descubrió algo nuevo. Aquel día también cambio algo en su padre. 

Tendemos a resignarnos ante las circunstancias que nos rodean, esperar a que todo cambie para estar bien. Y lo peor de todo. Sin mover un dedo.
Pero Jaime con esta historia te demuestra que no se trata de eso. 
Él, siendo un niño, decidió no conformarse, no resignarse. Algo dentro de él le decía que había otro lugar que le esperaba con los brazos abiertos. 
Como dice la gran frase «si tú te mueves, el mundo se mueve». Ahí tienes el ejemplo, Jaime se movió, se colocó en otro lugar, desde dónde quería vivir.
Y su movimiento hizo que su sistema familiar tuviera que recolocarse. Todos se movieron, todos crecieron y todos aprendieron.
Y a esto me dedico. Acompañar en el crecimiento de una persona para que consiga atravesar su bosque y colocarse en aquel lugar desde dónde quiere vivir.  
¿Para qué?
Para gestionar mejor tu estado emocional.
Para relacionarte mejor con los demás.
Para relacionarte mejor contigo mismo.
Para poder poner foco en aquello que te importa.
Para bajar el ruido mental que tanto te incomoda.
Para tomar mejores decisiones.

Y para más cosas que podrás descubrir a través de las historias…