Hoy estaba de camino al trabajo, justo sentado en el autobús, en el lado de la ventana. Lo prefiero. Siempre lo pillo.
En el reflejo de la ventana un gato me miraba con atención, pero con calma.
Estaba escribiendo una historia. No esta, otra. Te la cuento en otro momento. Pero me notaba suelto, mi mente fluía a otro nivel (No ocurre siempre).
Y pensé: «que a gusto estoy ahora mismo, disfrutando de mi espacio, de este momento, sin ninguna interrupción».
Me sentía en paz, tanto es así, que notaba que estaba flotando. Los hombros caían hacia abajo. Alejado de todo tipo de tensión. Suelto como el gato. Los pies anclados totalmente en el suelo, algo que me generaba mucha seguridad.
Tanta seguridad, que notaba que era imposible que nadie ni nada pudieran arrancarme de mi asiento.
Te invito por un momento a que lo hagas.
Cierra los ojos unos segundos, siéntate con la espalda recta y ancla los pies en el suelo. Si estás descalzo mejor.
Siente la sensación de estabilidad.
De pronto entra un hombre de mediana edad (nunca he sabido cuántos años son esos), camina hacia la parte central de bus.
Cuando se para de golpe, nos mira a todos, con ojos saltones, tanto que parecían que se iban a salir de sus cuencas. Y comienza a gritar, con una voz rota:
«En la vida solo hay dos vías: el camino bueno y el del alcoholismo y la prostitución».
«Solo tenéis que decidir».
La gente le observaba sin pestañear.
Lo repite una y otra vez. Mirando hacia todos los pasajeros.
Una mujer se abraza fuertemente a su bolso, con cara de desconfianza, mirándole pero sin mirarle.
Puede que ese hombre supiera de lo que estaba hablando. Y había decidido soltarlo ahí, pregonarlo a los cuatro asientos.
Puede que alguno más. Puede que tuviera razón. O no.
Lo que está claro es que en la vida no solo hay un camino. No sé si dos, tres o veinte.
Pero hay varios.
Bueno, ahora que lo pienso. Puede que solo haya uno. Con curvas, subidas, bajadas, cambios de rasante. Pero uno.
Realmente no lo sé…
Lo que está claro y es real, es que un tío subió al autobús y nos contó su película. No sé con qué intención.
Y el resto pudieron sacar sus conclusiones, sobre él, sobre su discurso y sobre el gato.
Antes de llegar a mi destino, el bus paró, este hombre se calló, metió la mano en su mochila. Aquella mujer apretaba aún mas el bolso. Y, muy despacio, sacó…
…una chaqueta, se la puso y le hizo el relevo al conductor.
Seguimos.
PD: Por cierto, ahora que caigo, no había ningún gato.

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