NADIE QUIERE SER LIBRE

Hoy te hablo de algo que, al parecer, todo el mundo reclama.
Y, por lo que los actos de esta sociedad dicen:

¡NO es cierto!

¡Queremos libertad, libertad!

Esa es la gran frase, repetida hasta la saciedad.
Hartos de escucharla.
En estos días festivos todavía suena más incoherente.

Sí, has leído bien. Pocos quieren realmente la libertad, solo una minoría. Minoría insignificante.

Puede que tú tampoco la quieras. Totalmente respetable. O puede que sí.

Si es que sí…


…ojo a esto:

Ayer leí un dato sobre unos estudios científicos relacionados con todo este tema y, de conocerlo, se puede (si se quiere) alcanzar eso que tanto anhela y a la vez rechaza esta sociedad… ¡LIBERTAD!

Pero antes, te cuento algo.

Como te decía, nadie quiere ser libre.
Solo tienes que levantarte por las mañanas y dedicar un día entero a observar.
Sí, de observar va la cosa, un día más.

¡Qué gran herramienta!

En todos los entornos: curros, bares, gimnasios, comercios…
En todos esos escenarios predominan las máscaras sociales…
…y el rebaño.

Muchas acciones de cara a la galería, con el único objetivo de hacer lo mismo de siempre, sin cuestionarlo ni por unos segundos.

O simplemente seguir lo que ese puñado de impactos publicitarios nos dice.
Publicidad y marketing de siempre. Cutre y malo. Pero siempre gana.

Colas y colas en centros comerciales por hacerse con esa prenda, objeto o maquinita que te han contado que este año necesitas para tu supervivencia.

Escuché el otro día que cada españolito se iba a gastar una media de mil euros en regalos. ¿Los mismos que se quejan de la cesta de la compra?

Niños (y adultos) pegados a las pantallas todas las Navidades. Conectados a maquinitas para “vivir desconectados”.

Críos ansiosos por la llegada de los Reyes y un cargamento incontrolado de regalos que no los hará ni más conectados ni más felices.

Por cierto, la desconexión se hereda de generación en generación, impulsada por el ejemplo. Un crío ve algo a diario, de continuo, y lo repite. Fácil.

Solo tienes que echar la vista atrás y ver qué te hacía feliz (de niño) en estas fiestas. Y eran los momentos, el tiempo que nos dedicaron, no los regalos. Que también los había.

Pero como es lo que se hace todos los años…

¿Qué denota eso? Poca autenticidad.
La hay.
Pero hay que buscarla. Lo auténtico está penado.

Detrás de la autenticidad, ¿qué hay?
Libertad.
Ausencia de miedo…

¿Miedo a qué?
A que te juzguen, a no ser aceptado, a equivocarte o a no seguir las normas del pastor.

¿Qué pastor? Ahora te cuento…

La libertad conlleva una gran responsabilidad.
Si eres libre para tomar decisiones, tienes que aceptar el duro golpe del error. O, lo que es “peor”, ser mirado como el diferente, el raro.

No se trata de pasar de todo, que todo valga, sino de pasar de lo que digan los demás…

Se escucha de fondo: “A mí me da igual”.
¿Es cierto? Muchas veces no.

Está el rebaño observando para ver quién se desvía de la senda, quién tiene que ser corregido por el pastor.

El pastor se presenta como líder, pero está muy lejos de serlo.
Es el más inseguro de todos. El que tiene que tener el control. Porque la incertidumbre le vuelve loco.

¡Pero es el menos libre!
¡El que más miedo tiene!

Dicen que llega una edad en la que todo te da igual. Suele estar cerca de la jubilación. Ese momento en el que te mueves como realmente quieres.

Para sacar eso que has guardado durante años. Cuanto más tiempo reprimido, más violento sale.

Hoy veo estas palabras como una invitación a coger los mandos de uno mismo, más pronto que tarde, asumir riesgos y disfrutar de la libertad.

En unos días publicaré una historia con ese dato científico (solo para suscriptores) para entender toda esta rueda de hámster de sociedad en la que vivimos. Entenderlo te puede ayudar a salir de la rueda.

PD: La libertad empieza cuando dejas de obedecer. ¿Dentro o fuera del rebaño?

Seguimos.

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