Ojo a esto…
14:50 horas. Tarde de invierno. Tres personas sentadas en el metro: dos mujeres y un hombre.
Hasta ahí, todo normal.
Una de las mujeres lleva la conversación y los otros dos escuchan.
En este orden: la que habla, la que escucha y el que escucha.
Contexto: tres profes comentan la jugada a la salida del instituto, de vuelta a casa.
La que lleva la voz cantante ocupa el 90 % de la conversación. Según ella, sus alumnos son algo así como “lo peor”.
Fantasea diciendo frases como:
“Si yo tuviera otros alumnos”,
“si yo tuviera más…”,
“…entonces yo sería tal, sería cual”.
Vamos… si mi abuela tuviera ruedas…
No para de rajar. Ni un chiste, todo problemas.
Se nota que ese discurso lo tiene muy entrenado.
Él le ríe constantemente las gracias, sin pestañear.
Su compañera observa y escucha. Apenas habla. Su cara está algo perpleja. Algo no le cuadra.
Al otro no sé si le cuadra o no; le ríe las gracias y ya está.
Llega un momento en que la compañera la para y le hace una pregunta:
—Pero ¿eso cuándo ha pasado? —extrañada.
Ante la pregunta, reacciona, cambia el gesto de su cara, frunce el ceño, abre los orificios de la nariz y dice algo así como:
—Tú no te enteras de nada.
Hasta el punto de parecer ofendida.
—Tú no te enteras de nada.
Se lo repite varias veces…
¿Qué ha ocurrido?
No le ha “comprado” el discurso (ni con su mirada ni con su pregunta).
¿Qué discurso?
El victimista.
Lo mismo te suena…
Aquí varios ejemplos:
“La culpa de que yo no brille es de los demás”.
“De mi marido,
de mis hijos,
de mis alumnos,
del director del instituto,
de mis compañeras,
del topo del jardín,
de la farola que se ha chocado con mi coche…«.
“Pero yo soy genial”.
“Qué mala suerte que el mundo no me lo ponga fácil”.
Y todo esto lo relatan de forma automática, a modo GIF.
Saben dónde lo pueden soltar. Sitios donde alimentan su discurso.
Como si eres de una determinada ideología política, qué periódico comprar o qué canal ver.
Seguramente esta compañera ya no le sirva de papelera.
Cuando hay un disco rayado y no hay quien lo pare, hay una pregunta que suele surtir efecto… provocándole un esguince cerebral.
Tranquilo, es reversible.
Pero te la cuento el miércoles.
Seguimos…

Deja un comentario