Hoy charlaba con una compañera sobre el programa escolar de los niños:
cantidad ingente de contenido y grandes dosis de frustración.
Da la sensación de que, según van creciendo, el desinterés por la materia aumenta.
Memorizar y vomitar. Mañana ni se acuerdan.
¿El interés es cumplir un programa o que los críos aprendan?
Me temo que sé la respuesta.
La mayoría de los cursos son un coñazo.
He asistido a muchos en los que, en el minuto uno, ya había desconectado.
También he asistido a clases con profesores que generaban adicción.
¿La diferencia? Te la cuento ahora…
Si yo le tuviera que contar algo sobre un pueblo de España a mi hija de seis años, lo tengo claro.
Por ejemplo, Albarracín.
La opción fácil:
Busco las características del pueblo y se las suelto…
“Albarracín es un municipio histórico de la provincia de Teruel, asentado sobre un meandro del río Guadalaviar.
Presenta un trazado urbano medieval bien conservado, con calles irregulares y arquitectura tradicional de tonos rojizos…”
Segunda opción, que es la que yo elijo:
Le cuento una historia…
Recuerdo cuando fui a Albarracín; iba en el coche con tu madre.
Subimos por una carretera donde todo estaba nublado.
La niebla parecía mezclarse con las nubes y las montañas rojizas.
Subíamos hasta que, por fin, vimos el pueblo. Todo el pueblo era un castillo gigante, como el de los cuentos, donde viven los reyes.
Un cosquilleo nos recorrió el cuerpo.
Una gran muralla protegía todo.
Las calles, estrechas y empedradas, donde los críos de tu edad jugaban a esconderse.
Reían, saltaban…
Caminamos por todo el castillo; notábamos las piedras bajo nuestros pies y veíamos tiendas y gente de otras ciudades y otros países.
Subimos con cuidado escaleras muy estrechas, pegados a la muralla, con algo de vértigo y un poco de miedo por la altura.
Llegamos a la parte más alta del castillo. Desde ahí veíamos todo el valle: árboles, montañas, nubes y pájaros volando de un lado a otro…
Nos imaginábamos qué habría más allá.
«¿Quizá más turistas que venían a visitar este bonito pueblo?».
«¿Quizá personas a caballo que venían a ver a los reyes?».
«No lo sé».
Le preguntaría: «¿Tú qué crees que puede haber?».
Terminaría diciéndole:
«Algún día te llevaré a ese bonito pueblo para que puedas subir a lo más alto del castillo y ver todo lo que esconden las montañas».
¿Cuál de las dos opciones hará que Albarracín esté siempre en su memoria?
No hay más preguntas, señoría.
PD: La diferencia: detrás de la historia hay vida y, en la otra, solo datos.
PD2: Nadie se olvida de lo que te hace sentir una historia.
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